Mara Aguirre
  Mitología
 

De repente hoy sí tiene sentido convertirse al derrotismo, en su forma más taxativa, concreta y fundamental. La iniciación suele contener información de la más variada; de hecho, la bibliografía es extensísima sin quitarle, claro está, lo fascinante. Pero atenti: no cualquier hijo de vecino puede ser uno de nosotros de la noche a la mañana. Ni siquiera en cuestión de semanas es posible. Teoría y práctica, paradigmas y ensayos determinantes del yo derrotado, ritos y credos, revoluciones del pensamiento, no cualquiera se atrevería a semejante comunión, qué tanto che. Somos selectos y selectivos, aunque moleste.
Los evangelios derrotistas encierran reglas de todo tipo, desde las más absurdamente obvias como mirarse los zapatos siempre y en todo momento, hasta las más definitorias como el encierro a pan, agua y novelas de Corín Tellado.
Ayer, sin embargo, todos profesábamos la más profunda antipatía por los derrotistas murmuradores de tragedias – éramos el alma de la fiesta, la frutilla del postre de la comicidad -, y así también sucedía en semanas anteriores al día de hoy. Aquellos que habían perdido a su mujer de ensueño nos parecían insensatamente tristes; después de todo abundan las morenas con ojos de jacarandá, piel de corales y poesía en los labios – decíamos nosotros – qué barbaridad dejarse caer por sólo una. También nos molestábamos por quienes habían perdido sus empleos y, ya entrados en edad, hablaban de suicidio. – ¡Tanto escándalo, señores! – decíamos. ¡Habrase visto, carajo, semejante insensatez! – añadíamos sin importa cuán redundante pareciéramos ante los pobres derrotistas empedernidos. Había quienes no sabían bien cómo era la cuestión de mirarse los zapatos; se notaba a la legua que eran derrotistas principiantes y de repente se les escapaba una miradita al cielo como si buscaran a dios pero sin fe, recibiendo la reprimenda peor de quedar encerrados leyendo novelitas eróticas. Eran éstos los que nos traían las más desopilantes anécdotas para contar en nuestro próximo velorio, que seguramente sería pronto dado que Gutiérrez se había agarrado flor de cáncer – nosotros decíamos que era de tanto reírse de los derrotistas y sus manías proféticas – y le quedaba poco tiempo al amigo. Pero eso fue la semana pasada, y también fue ayer nomás, qué cosa extraña.
Dicen que existe una sola forma de convertirse al derrotismo en cuestión de minutos, pero esa maravillosa tragedia no sucede muy seguido. No sé bien qué fue lo que nos pasó, a mí y al resto de los hombres. Dicen que todo empieza por olvidar la esencia; por ser tan idiotamente felices al punto de encontrar placentera la muerte, no encontrar terrible la pérdida de la única mujer poética posible, dentro de una manada de vacas capitalistas o hacedoras crónicas de hijos. Pero qué puedo saber yo de esto; sólo digo lo que por ahí dicen. Todavía no he podido descifrar qué fue lo que nos pasó a nosotros. A mí, y al resto de los hombres, ayer, mientras contábamos anécdotas de derrotistas principiantes y nos reíamos a carcajadas en el velorio de no me acuerdo quién.

 
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