Mara Aguirre
  Tres Tristes Textos
 
TRES TRISTES TEXTOS

A los buenos vecinos

Ahora distribuyo el tiempo de otro modo: un poco de lectura, un poco de licor, un poco de nostalgia sin razón, un poco - y solamente eso - de comunicación con el afuera.
Mi vecina del “be” se queja de los ruidos de todos; de la tos, de los gemidos, de la máquina de escribir, de Pink Floyd y esa música horrorosa “que dan muchas ganas de morirse”. Así vive su maratón hacia atrás, buscando acallar todo alivio, toda pulsión, toda necesidad, para terminar en el comienzo de todo; cuando ya no hay tos –pero la flema sigue –, cuando ya no hay gemidos – pero laten las ganas –, cuando el hambre del lenguaje continúa y todo lo demás que sigue a lo de más. Entonces la nada y vuelta a empezar, el cero, el artículo neutro, el aburrimiento voraz que genera la nada en casi todos y vuelta a regalar bufandas a montones, tejidas a mano, a los buenos vecinos; no importa el color sino más bien el punto, punto inglés, y cada punto que intenta restarle un poco de nada a la nada.
A mí siempre me ha tocado el negro. No pregunto por qué. De todas formas va bien con la lectura, va bien con el licor y la nostalgia. Para comunicarme prefiero un color más de luto: me sienta el amarillo.
Por eso es que nadie entiende lo que escribo.
Por eso es que ahora distribuyo mi tiempo de otro modo.

Bocabulario

Las mujeres se pintan las bocas todo el tiempo. Será para aparecer más sabrosas a la gula de besos de los hombres, será para dejar marcada la servilleta de algún bar y sentir que dejan huella de algún modo.
Será por.
Pero las mujeres se pintan las bocas todo el tiempo.
Y las bocas, pobrecitas, que sin duda esperan otras bocas Será para sentir alguna sensación de gemelismo, algún formato cruel de pertenencia, será para quitar el mauvais rouge y respirar, después de todo un día embadurnadas de color y sabor a químico perfumado.
Lo más probable es que las otras bocas nunca lleguen.
Será porque las mujeres se pintan las bocas todo el tiempo.

MORE

Indudablemente son pájaros – digo. Ella dice que no. Ella cree que el sonido con alas que estamos escuchando nace de las entrañas de las voces.
El sonido con alas.
Para mí son anuncios de apariciones mucho más angustiantes que eso, y a la vez más eróticas de que lo que su formación católica apostólica soporta.
Los catedráticos me inculcan el aristotélico tomismo como condición sine cua non para mi formación intelectual. Y ella dice que no son pájaros lo que escuchamos del lado de afuera de la misma ventana.
Detesto ese saber; me da dolor de vientre.
No sé en qué año funcionaba el aplausómetro en Esparta.
Aún no sé quién inventó la onomatopeya del sonido del pájaro. Ella aún no me explica por qué fue el nombre de un Pontífice.
Y sin embargo sigue diciéndome que aquello que escuchamos no son pájaros.
Tengo una buena definición de la locura; no vayan ustedes a creer lo contrario. Soy el banquete dilecto de los analistas freudianos y sin embargo para mí son anuncios. Para mí es San Malaquías riéndose de mí, diciéndome que olvide a los tortugones inetelectualoides guardianes del saber de bolsillo y deje el vientre en crudo y preparado para parir antes del Apocalipsis.

 
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